Todos tenemos algo de Dámaso: de rencor, de odio, de frustraciones, casi siempre latentes y casi olvidados. Todos tenemos algo de Tomás: de románticos frustados por la vida rutinaria, de enamorados siempre equivocados, de personajes de tragedia griega ridículamente vulgares. Pero Tomás y Dámaso han errado siempre (y errarán: aunque se rediman, aunque conquisten la fama literaria) porque no han sido capaces de gozar, entre la realidad y el deseo, de las batallas diarias.
Porque nos perdemos en las grandes conquistas, patéticos napoleones; cuando la senda se encontraba entre la soldadera: cerveza, atardeceres apacibles, tertulias de poca monta y pequeñas heridas que a veces se emponzoñan.
¡Ah, las batallas diarias! ¡Qué poca cosa me parecen ante el avance inevitable de Aquella que arrasará todas las cosas con su sola mirada! ¡Qué nada son en su precipitarse a la aniquilación!
ResponderEliminarAmigo Schope, yerras en tu incisiva apreciación. Lee, para ser uno de los pocos sabios que en el mundo ha habido, los comentarios del gran Gañán: Aquella Batalla es poca cosa ante las pechugueras veraniegas.
ResponderEliminarPos claro, muchaaaaaaacho!!!
ResponderEliminarQue las muchachaaas están mu prietas, ¿no ves?