Nací para que vuestros ojos
pudieran ver lo eterno en vida,
para que vuestros hijos sueñen
brotes para la eternidad,
para que mantuvierais cálido
el recuerdo de vuestros padres.
Porque yo nací centenario:
para el dolor de vuestras almas
por el silencio de la muerte.
¡Oh, lámpara de fuego en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido que estaba oscuro y ciego con extraños primores calor y luz dan junto a su querido!