lunes, 5 de noviembre de 2012

Encina elegiaca

Nací para que vuestros ojos
pudieran ver lo eterno en vida,
para que vuestros hijos sueñen
brotes para la eternidad,
para que mantuvierais cálido
el recuerdo de vuestros padres.

Porque yo nací centenario:
para el dolor de vuestras almas
por el silencio de la muerte.




1 comentario:

  1. CÓMO veo los árboles ahora.
    No con hojas caedizas, no con ramas
    sujetas a la voz del crecimiento.
    Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas
    no la siento como algo de la tierra
    ni del cielo tampoco, sino falta
    de ese dolor de vida con destino.
    Y a los campos, al mar, a las montañas,
    muy por encima de su clara forma
    los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada?
    ¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo
    veis a los hombres, a sus obras, almas
    inmortales? Sí, ebrio estoy, sin duda.
    La mañana no es tal, es una amplia
    llanura sin combate, casi eterna,
    casi desconocida porque en cada
    lugar donde antes era sombra el tiempo,
    ahora la luz espera ser creada.
    No sólo el aire deja más su aliento:
    no posee ni cántico ni nada;
    se lo dan, y él empieza a rodearle
    con fugaz esplendor de ritmo de ala
    e intenta hacer un hueco suficiente
    para no seguir fuera. No, no sólo
    seguir fuera quizá, sino a distancia.
    Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico.
    ¡Si lo oyeseis! Y el sol, el fuego, el agua,
    cómo dan posesión a estos mis ojos.
    ¿Es que voy a vivir? ¿Tan pronto acaba
    la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora
    los árboles, qué pocos días faltan...
    (De Don de la ebriedad. Libro Tercero)

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